Anakin en Villa Lugano: El último hombre

En un futuro donde el mundo está devastado pero el apocalipsis aún no llegó, el veterano de guerra Kurt (Hayden Christensen) construye un búnker secreto donde esconderse en caso que la tormenta global que se avecina sea fulminante como anuncia Noé (Harvey Keitel). Mientras el final se acerca, nuestro amigo lidia con Johnny (Justin Kelly) que no sabemos si está vivo o son alucinaciones, consigue un trabajo en la empresa del padre de Jessica (Liz Solari), con quien tiene un amorío y es acusado por Gomez (Rafael Spregelburg) de robo.

por Ayi Turzi

El último hombre es, cuanto menos, una propuesta extraña. A quienes sean conocedores del cine de género independiente nacional, se las puedo definir como “Daemonium con un guión de Pochito Producciones”. La situación contextual es clara: en una sociedad devastada las personas se preparan para lo que está vaticinado como el fin del mundo, con todo lo que ello conlleva: días grises, nerviosismo generalizado, crisis, escaladas de violencia. Lo inexplicable son otras situaciones que se van dando, y el registro que prima en cada trama. Por ejemplo, la trama que se desarrolla en la casa de Kurt. Tiene pesadillas de su participación en la guerra, puntualmente del momento en que su amigo Johnny le pide que lo mate para cesar con su dolor, aunque luego aparezca en su casa. No sabemos si es real, si es una alucinación, lo cierto es que el ambiente que genera esta ambigüedad que por algún motivo remite a la gloriosa La escalera de Jacob (Jacob´s Ladder). Las secuencias en el trabajo, donde coquetea con Jessica y se genera cierta tensión con Gomez están alejadas del clima general, es una burbuja de cotidianidad con elementos latinoamericanos que aportan a la confusión general.


La trama se adivina desde el primer momento y podría decirse que desperdicia oportunidades de generar giros interesantes al avanzar de modo lineal hacia el final previsible.
No obstante lo desconcertante que puede ser la historia, El último hombre tiene varios puntos a favor. Las actuaciones no se pretenden naturalistas sino que tienden por momentos a una exageración que, de nuevo, contribuye con el enrarecimiento general. Fernan Mirás interpreta a un linyera que, si bien tiene pocos minutos en pantalla, es la perlita por la que recordaremos a esta coproducción Argentina – Canadá grabada en Buenos Aires. Y el aspecto visual alcanza un muy buen nivel. Tiene una fuerte identidad propia lograda por una fotografía que privilegia los claroscuros y una ambientación minuciosa.


Si querés ver una película clásica donde todo tenga sentido, metete en otra sala. El último hombre es una rareza en todos los sentidos posibles de la palabra. Desconcertante, con elementos arbitrarios y ambigüedades que rozan el sin sentido, es, por y a pesar de ello, una propuesta imperdible. Para ver más de una vez.

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