Candyman (1992) – Sé mi victima

La historia -la verdadera historia- está escrita en las paredes. Helen (Virgina Madsen) y su amiga Bernadette (Kasi Lemmons) son dos jóvenes intelectuales que están en medio del desarrollo de su tesis: una compleja investigación sobre las leyendas urbanas, en particular sobre la figura de Candyman, una aparición que acecha “Cardini Green” uno de los complejos residenciales más peligrosos de Chicago. El recorrido que Helen emprende para desentrañar la verdad sobre esta misteriosa figura, la enfrentará al problema de la Historia. Así, con mayúsculas.

Bernard Rose –el director- se pregunta sobre la construcción de la historia, cómo es que los relatos son transformados en “discursos” sacros. La película comienza con un plano cenital de la ciudad, sobre las imágenes escuchamos una melodía ominosa que recuerda el sonido de los himnos religiosos. El ámbito de lo sagrado, y por ende su constitución arquitectónica, va a ser uno de los temas organizadores del film. Así, durante una de las secuencias iniciales, nos enteramos que el complejo de viviendas donde vive Helen es exactamente igual -en su configuración morfológica- al complejo que Candyman atormenta. La única diferencia es que el edificio de Helen se encuentra ubicado al otro lado de las vías del tren permitiendo un mejor acceso a la costa. La ciudad explota esta disparidad y con ligeras renovaciones transforma esas viviendas en un paraíso burgués del que puede sacar ventaja financiera. Aquí nos presentan la que va a ser la primera idea que trabaja la noción de lo especular. Los dos complejos residenciales son estructuralmente iguales, la diferencia la inscribe el poder ostentado por la institución -en este caso el gobierno- convirtiendo a uno de los edificios en un gueto, regido por el crimen y abandonado a la buena de dios. Es la institución la que decide cuál va a ser la “historia” divulgada sobre ese espacio.

Aquella noción de lo especular -lo doble- va a volver a aparecer durante el resto del metraje. Si lo institucional es aquello que demarca las reglas de juego, la narrativa interpela a lo “otro”, se pregunta cómo se construye la historia desde los márgenes. Así, otra secuencia que vale la pena revisar teniendo estos elementos en mente, es la de la primera visita de Helen y Bernadette a “Cardini Green”. Las investigadoras deciden visitar el departamento donde murió la última víctima de Candyman. Allí se encuentran con un espacio en proceso de descomposición. A simple vista es fácil de reconocer, es exactamente igual al departamento de Helen pero derruido. Una especie de retrato de Dorian Grey arquitectónico. Allí se dirigen al baño, el lugar dónde se ejecutó el asesinato, y corren el espejo de la pared, encontrando un agujero que lleva a otra habitación arrasada. Este nuevo espacio, es el lugar habitado por Candyman. Aunque ellas todavía no lo sepan acaban de ingresar a uno de estos lugares sagrados. Acá, hay varios componentes a los que hay que prestarles atención. Primero, la única manera de acceder a este cuarto es a través del espejo. Este objeto funciona como conducto a una nueva “realidad”. Es de especial importancia recordar que la leyenda de Candyman cuenta que la única forma de invocarlo es diciendo su nombre cinco veces enfrente a un espejo. No es por tanto inocente esta elección espacial. Helen, en esta instancia de la película, todavía no es una creyente, en su cínica cruzada por descubrir la verdad no es capaz de darse cuenta de estos elementos que están puestos en juego.

Otra característica notable de esta nueva habitación son los grafitis, que si bien estaban presentes en el resto del edificio, en este espacio cobran especial importancia. Las decisiones de puesta en escena nos regalan un plano maravilloso. Helen atraviesa el orificio y vemos que la pared del otro lado tiene un grafiti gigantesco del rostro de Candyman, el espacio donde debería estar la boca está reemplazado por el agujero de la pared, por ende vemos a Helen ubicada en la boca de lobo, literal y metafóricamente. La intervención del espacio por parte de las pintadas nos deja intuir como la gente de “Cardini Green” rinde tributo a Candyman, convirtiendo la escena del crimen en un lugar sagrado. Trasformando la leyenda oral en un hecho concreto, las razones por las que lo hacen importan poco, lo crucial es que son estas acciones las que dotan de poder a Candyman. Entonces, si la historia oficial está narrada por el poder institucional, aquel que funciona protegiendo solo sus intereses pecuniarios, y que su potestad omnipresente expropia la agencia de los grupos marginados; lo no oficial, lo “otro”, está definido por la comunidad, tiene un rostro especifico, claramente visible que afecta solo a aquellos que pertenecen a ese grupo. La narrativa está distorsionada, es cambiante y afecta de manera particular a cada uno de los que conocen la leyenda. Opuesto al poder esterilizado y concreto que la palabra escrita le provee a lo académico, del cual Helen y Bernadette son representantes. Candyman es una historia sobre las historias. Un relato que se pregunta por el poder del acto narrativo. Que reclama nuestra atención y nos urge a encontrar la historia que está escrita en las paredes.

por Belén Saitúa

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