Edha: la costurerita que dio el mal paso

Había mucho revuelo y expectativa por la primera producción argentina producida por Netflix. Con una primera temporada de 10 episodios, creada y dirigida por Daniel Burman (Derecho de familia, El rey del Once), debutó la semana pasada. Y no hay que hilar muy fino para llegar a la conclusión que es una posibilidad desperdiciada.

Edha (Juana Viale) es una reconocida diseñadora de alta costura, su nombre es su marca. Su inquietud inicial es conseguir inversores porque su empresa está próxima a la quiebra, pero a esta inestabilidad económica se le suma el regreso a su vida de Jáuregui (Pablo Echarri), quien decide hacerse presente en la vida de Elena (Delfina Chaves, su hija adolescente) a la vez que está a pasos de convertirse en juez de la Corte Suprema. Elena, además de lidiar con sus padres, se ve envuelta en un amorío prohibido. Antonio (Juan Pablo Geretto) es la mano derecha de Edha y resulta uno de los principales sospechosos cuando uno de los talleres clandestinos que trabajan para ellos se incendia. Teo (Andres Velencoso) es el hermano del capataz del taller, fallecido durante el incendio, quien decide acercarse a Edha para obtener información sobre el incendio, aunque el vínculo se termina desarrollando en otro sentido. Hay varios personajes y subtramas más, como la de Lorenzo (Osmar Nuñez), el padre de Edha, con quien mantiene un vínculo lleno de secretos, sobrevolado por el suicidio de la madre de ella (Ana Celentano). Y basta de enumerar. En serio, faltan más.
Edha tiene muchos problemas. En primer lugar, toma una cantidad de vínculos, venganzas, secretos familiares e historias de amor mucho más acordes a una telenovela de 120 capítulos que a una producción de diez. Afortunadamente (o no) casi todas las tramas, situaciones e incluso revelaciones son clichés, cosas que hemos visto en algún momento, con lo cual no se hace complicado seguirla, aunque pueda resultar abrumadora.

Al mostrar en paralelo las preocupaciones frívolas del mundo de la alta cultura y los reductos llenos de carencias de los talleres clandestinos, desplegando la miseria de sus personajes en ambos bandos, amagamos con asistir a algún tipo de crítica o reflexión sobre estos dos polos y el modo en que se vinculan. Falsa alarma, nada de eso sucede. Se queda en el gesto mínimo, en la superficialidad, en el estereotipo. Por ejemplo, en un momento crucial Edha tiene que resolver un diseño que le dará la posibilidad de llegar a la meca de Milán en muy poco tiempo. Verla cortando un edredón y montarlo sobre el cuerpo del modelo con papel film se acerca más a una parodia que a un momento heroico o de emoción. Y no se trata de lo ajenos que podamos ser los espectadores al mundo de la alta costura (nos hemos identificado con arqueólogos o astronautas, por favor), sino que en ningún momento de la serie le creés nada a la mayoría de los personajes. Y esto nos lleva al próximo punto: las actuaciones.

Sofia Gala Castiglione interpreta a Celia, una chica de clase baja que ya hemos visto, pero es una de las más prolijas. Geretto, Chaves (considerando su corta trayectoria) y Malena Villa (que encarna a la amiga de Elena) hacen los malabares que pueden no solo con lo malo de los diálogos, sino con la arbitrariedad de las acciones que les toca encarnar. El resto, están todos fuera de registro, incómodos, incluso se siente un dejo de perplejidad. Y si, mención especial para Juana Viale. Físicamente representa todo lo que esta especie de aristocracia del diseño y la moda significan. Pero es hasta frustrante que a esta altura de su carrera no haya desarrollado ningún tipo de gestualidad o sus palabras no suenen abrumadoramente monocordes. La serie empieza con su voz en off… leyendo.

Frívola, inverosímil, arbitraria, Edha se acerca mucho más a una producción «en broma» que al producto de primera línea que pretende ser. De todos modos, tiene ese no sé qué que hace que la veas de corrido en una tarde. Inexplicable en muchos niveles.

por Ayi Turzi

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