El camino del replicante

Dice la leyenda que Denis Villeneuve y Ryan Gosling se dieron un apretón de manos y aceptaron cualquier posibilidad de derrota. Llevar adelante un proyecto de secuela de un clásico de la ciencia ficción -y de la historia del cine- como Blade Runner es, mínimamente, algo arriesgado. La taquilla aún no habló, pero en el ochenta y dos tampoco lo había hecho. El director de Arrival encabezó un dream team digno de superar cualquier hazaña: creó una segunda parte respetuosa, fresca, ambiciosa y visualmente exquisita a treinta años del estreno de su predecesora.

Las preguntas que dejó la particular Blade Runner de Ridley Scott fueron una pieza clave para que la película, con el tiempo, se convirtiera en un film de culto. Una historia cyberpunk con siete versiones y dos finales alternativos -con voz en off y sin voz en off- que plantea dilemas filosóficos y debates acerca del futuro de la humanidad no se encuentra todos los días en cartelera. La historia de Blade Runner: 2049 se aleja un poco de lo abarcativo de la anterior y, sin dejar de lado estos planteos, le presta mucha atención a los objetivos de su personaje principal y a los elementos del policial negro.

El guión de Hampton Fancher, nuevamente inspirado en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip Dick, eleva los planteos de la antecesora y, a su vez, despeja algunas dudas. Luego del apagón los Nexus 8 se fueron extinguiendo gracias a portapieles como el agente K (Gosling), Blade Runner perteneciente a la policía de Los Ángeles. En una de sus misiones, K descubre algo enterrado varios metros bajo tierra que es capaz de generar una guerra tremenda entre los habitantes del planeta. Esta vez hay menos personajes a los que el espectador debe prestarle atención. Ni Niander Wallace (Jared Leto) -el nuevo amo y maestro creador de replicantes-, ni su asistente Luv (Sylvia Hoeks) ni el Nexus Sapper Morton figura lo suficiente como para analizar sus motivaciones en profundidad. K y Rick Deckard (Ford), que reaparece tras treinta años de silencio, ofrecen su alma para que la historia siga adelante. El primero, sus planteos humanísticos; el segundo, la respuesta a sus preguntas.

Si Ridley Scott, Hampton Fancher, Edward James Olmos y Harrison Ford le dieron el visto bueno al proyecto de secuela de la película que ellos mismos glorificaron quiere decir que el texto y la propuesta estética de Blade Runner: 2049 siempre corrieron por buen camino. Los nuevos, Villeneuve y Gosling, son dos profesionales del cine que tocaron techo el año pasado, uno con la mejor película del año: Arrival, el otro con el éxito de La La Land. El director se adaptó como un camaleón a la esencia de la Blade Runner del ochenta y dos y, a su vez, impuso su particular estilo. La historia calza justo con sus patrones: un protagonista que tiene que tomar alguna decisión respecto de su pasado, violencia extrema en el grado justo, una “invasión” de un tercero y un giro final sorprendente. Deja de ser casualidad que cada film que estrena el canadiense entra en cualquier top ten del año.

Así como Batman: El caballero de la noche, El Padrino II, Volver al futuro 2 o Kill Bill: Volumen 2, Blade Runner: 2049 ingresa en la subcategoría “grandes secuelas”. Nadie debe entrar en la simple comparación de si es mejor o peor que la original. Por más que 2049 tenga un texto correcto, interpretaciones insuperables o sea visualmente increíble, la de Ridley Scott trae consigo la ventaja del clásico, de película de culto, que se ganó con el paso del tiempo. El espectador tiene que tener paciencia. Debe aceptar el ritmo calculador que mantiene de la original y bancarse apariciones tardías y algunos minutos de más. De lo que tiene que estar seguro es de que vivirá una experiencia audiovisual particular -Roger Deakins y Hans Zimmer pelearán por un Oscar-; que está frente a un proyecto que respeta su base y que se quedará con nuevas preguntas. Villeneuve y Gosling pagan y hacen echar a la basura cualquier apretón de manos desesperanzador.

por Nicolás Mancini

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