El terror y los problemas de la post-modernidad

Hoy en día la melancolía y el hipervínculo con tiempos anteriores (siempre en una burda suposición de que “todo tiempo pasado fue mejor”) no sólo nos regala una caterva de remakes, secuelas, spin offs y reversiones.
También, la necesidad de los productores y distribuidores por vender, llevan a buscar el nuevo éxito “cómo… (inserte película anterior a los 90s aquí)”.
Lo que parecía un mal centrado en el género fantástico y los superhéroes, también se fue colando en otros géneros, como en el terror. Por eso experimentos como el de la productora Blumhouse (que estrenó cosas como Insidious, The Conjuring o Get out), o el estreno de hace algunos meses de A quiet place se configuran en “casos de estudio” para los gurúes de los medios.
Eso y el hype… claro. Porque si no podemos generar ansiedad en los fans por medio de la nostalgia, podemos armar un murmullo sobre “la bomba que está llegando”… y pocas veces el hype colma las expectativas. El legado del diablo (Hereditary, 2018) cayó en esa trampa y desde mi punto de vista, no pudo salir de ahí.
“Es El Exorcista de esta generación”, “La mejor película de terror de los últimos años”, esto y mucho más se leía en sitios especializados, y se escuchaba en los pasillos de festivales donde algunos afortunados habían presenciado la cinta.El legado… comienza de manera firme arrastrando tristeza y extrañeza, dignas de las películas de terror de los setentas (¿vieron cómo también caigo en esa trampa?). Nos cuenta la historia de una familia algo disfuncional: Annie Graham (Toni Collete) es una madre algo enfermiza que se dedica a diseñar miniaturas para muestras en museos y atraviesa el duelo de la muerte de su madre, una abuela que habitaba el mismo techo y que tenía una relación muy estrecha con su nieta Charlie Graham (Milly Shapiro), la niña pequeña de la casa.
Del lado masculino tenemos a Steve Graham (un correctísimo Gabriel Byrne, lo mejor de la película), marido de Annie y padre conciliador, que trata de mantener a la familia unida en una situación de duelo; y por último, el hijo mayor de la casa: Peter Graham (Alex Wolff), un adolescente conflictuado, que se refugia en la marihuana y que está bastante desconectado de la realidad.
Todo comienza como “otra película de espíritus”, mientras conocemos a la familia post-velorio, y somos testigos de la presencia de la fallecida en la casa. A esto se suma la aparición de frases imperceptibles escritas en las paredes de la casa, que abren la posibilidad a una invocación demoníaca. Annie, por su parte (y algo nerviosa por una entrega importante), comienza a replicar situaciones extrañas en la casa a través de las miniaturas, aceptando la presencia de su fallecida madre entre las paredes del hogar. Además, Steve recibe un mensaje desde el cementerio: la tumba fue profanada y no encuentran el cuerpo.Pero todo cambia.
Hacia la mitad de la película se lleva a cabo un cambio de timón gigantesco que modifica el subgénero, y convierte a El legado… en algo más similar a El bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968). Hace su aparición Joan, una mujer que ayudará a Annie a atravesar su duelo, interpretada por Ann Dowd (que amamos odiar como la “tía” Lydia en la necesaria The Handmaid’s Tale), y que parece ocultar sus verdaderas intenciones.
¿Luego? Una suerte de juego de la copa que sale mal, y el inicio de la perdición: la necesidad de verbalizar y explicar todo lo que sucede, apoyándose en planos explicativos y olvidando una primera mitad más “extraña”.
El tercer acto sólo se defiende por las grandes actuaciones de Byrne (su capacidad para parecer el único cuerdo en una situación extraordinaria es increíble), Collete (que igual peca de algo de sobreactuación) y sobre todo Wolff, que convierte a Peter en el personaje más importante de la trama sin ser el que lleva adelante la acción; a través de sus miradas y silencios, sentimos lo difícil de estar en su situación.El legado… podría haber sido una gran película, tiene todos elementos a su disposición: grandes actuaciones, una buena dirección que maneja la extrañeza y un tema que se trata poco en cine. Pero cae en la trampa de la post-modernidad: todo tiene que ser explicado, todo tiene que abrir posibilidades de franquicia, todo tiene que ser masticado, regurgitado y luego entregado para que el espectador solo disfrute, y no conjeture nuevas interpretaciones.
Ari Aster (director y guionista) parece haber luchado y perdido con las grandes productoras al comunicar su visión, algo esperable siendo su ópera prima.
Pero hay que seguirlo de cerca, a ver si crece y se establece, explotando esos indicios que le película va mostrando en su camino. Capaz nos deje un buen legado en películas de terror, y nos haga perder la cabeza…

por Elian Aguilar

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