La Cordillera: pánico y locura en Los Andes

El nuevo film de Santiago Mitre (El Estudiante, La Patota), demuestra ante el público en general que este director es muy ambicioso, pero como iremos a desarrollar, esa ambición se le puede volver en contra.

El film relata el viaje de un presidente argentino de ficción con poco tiempo en el gobierno (Hernán Blanco) a una cumbre latinoamericana a realizarse en un hotel de la Cordillera de los Andes, del lado chileno. La situación del citado Blanco es delicada, ya que los medios de comunicación lo consideran un hombre débil e inexperto, debido a que su slogan de campaña de ser un hombre común le juega en contra. Encima un escándalo del pasado relacionado con su ex-yerno que amenaza con denunciar todo a la opinión pública, sumado a internas de diversos funcionarios por lugares de poder dentro del propio gobierno, crean una situación delicada. Y como si esto fuera poco, dentro de la cumbre, problemas de liderazgo territorial entre el presidente de Brasil y su principal oponente el presidente mexicano (el gran Daniel Giménez Cacho) hacen que el poder de desempatar el asunto recaiga en el presidente argentino.

Planteado así, el inicio vibrante del film, mostrando toda la «cocina» de la casa de gobierno, con reuniones de funcionarios y conferencia de prensa en el salón Blanco incluida, prometía un thriller político sumamente atrapante y muy interesante. Hasta acá todo muy bien. Los problemas comienzan con la aparición de Marina (Dolores Fonzi, pareja del director), la hija de Blanco que es citada al hotel en donde se lleva a cabo la cumbre. De pronto este personaje sufre un ataque psicótico y queda muda. Y entonces hace su aparición el psiquíatra García (el chileno Alfredo Castro) y este sugiere un tratamiento de hipnosis. Es en este preciso momento que el espectador asiste a un quiebre de todo lo que se había contado anteriormente, y el film parece que se subiera a una cornisa en altura, y empezara a caminar peligrosamente al filo de lo inimaginable. La intención de Mitre (director y guionista), y su coguionista Mariano Llinás, de contar dos historias entremezcladas se estrella con las imágenes o el relato que queda finalmente en pantalla, decayendo el clima iniciático vibrante y se transforma en un drama psicológico de interiores y climas moderados, todo esto acompañado por una fotografía sublime de Javier Julia y una música envolvente del español Alberto Iglesias.

El resultado a partir de ahí es que la historia se abstrae y comprime a niveles cuasi-franciscanos, minimizándose todo lo logrado en la primera parte. A partir de la escena con el representante del gobierno yanqui (un notable Christian Slater) el film pareciera retomar el clima del principio, pero ya la otra historia, referida a la hija, hizo mella y el punch inicial ya pierde fuerza.Para destacar el elenco impresionante del film en los que podemos destacar, aparte de los nombrados: Gerardo Romano, siempre soberbio, Erica Rivas, la española Elena Anaya, la chilena Paulina García, entre otros.

 

En resumidas cuentas, un film con un comienzo vibrante y absolutamente interesante que, a partir de la introducción del personaje de Dolores Fonzi, pierde fuerza y adopta caminos erráticos, y debido a esto pierde el rumbo. Una gran película que quedó a mitad de camino.

por Diego Bravo

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