¿Qué queda de la nostalgia después de Ready Player One y Cobra Kai?

La nostalgia siempre estuvo presente en el cine. Los cineastas se han remitido históricamente a dos o tres décadas atrás para homenajearlas o resignificarlas. Pero en la actualidad han logrado saturar al espectador. Ayi Turzi pasó varias noches sin dormir* pensando al respecto y en esta nota les pasa en limpio las conclusiones que sacó, a través de los casos puntuales de Ready Player One (Steven Spielberg) y Cobra Kai (serie original de Youtube red), encontrando en ellos algo que podría significar algo, pero todavía no sabe bien qué.

*Mentira. No duerme porque tiene dos gatos que la usan de almohada.

 

Lo primero que hay que tener en cuenta a la hora de pensar si la nostalgia nos ha saturado es que, en realidad, el audiovisual en sí nos sobrepasa. La lista de las series y películas que queremos ver y no tenemos tiempo es mucho más larga que lo que efectivamente vemos. Plataformas de streaming, salas de cine, circuitos alternativos y piratería nos ponen al alcance de la mano con una facilidad aterradora contenidos todo el tiempo. La comodidad natural del espectador medio para elegir contenidos deriva, muchas veces, en buscar algo conocido, pre digerido, que le recuerde a algún lugar seguro donde sentirse refugiado. Los ’80 y (y ahora un poco los ’90) suelen ser ese lugar (es un no-lugar en realidad porque es una reconstrucción y no los ’80 en sí, pero no sigamos abriendo vetas de debate que esta nota va a terminar siendo eterna).

¿Y por qué los ochenta son el lugar elegido? No es que hayan sido un hito glorioso en cuanto a calidad artística al que necesitemos volver. En ninguna rama. Si revisamos de modo objetivo algunas películas recordadas como grandes clásicos, encontraremos que distan mucho de ser obras de arte. A Ghostbusters (y al escándalo de su remake/reboot femenina “arruina infancias”) me remito. Los ochenta son el punto al que queremos volver por lo que éramos, no por lo que veíamos. Sin obligaciones más que hacer la tarea y acostarnos antes de las 22 hs., ajenos a la conciencia de cuestiones políticas y económicas. No extrañamos lo que veíamos en la tele o en el cine, extrañamos lo libres que éramos.Volviendo al presente, y antes que todos nos pongamos a llorar recordando esas tardes trepando árboles, hay algo fundamental a señalar: cierta dinámica maligna conformada por las corporaciones y la necesidad de consumir, signada por un exceso de ansiedad en ambos bandos. La necesidad de producir a mansalva no va de la mano con el tiempo necesario para pensar y generar productos originales o de calidad. Lo más fácil y rápido, por lo tanto rentable, es refritar. Son contados los casos en los que el fan original acepta que la industria reviva aquello que consumió de chico. ¿Por qué creen que los fans más fundamentalistas de Star Wars detestan los nuevos episodios y aborrecen los nuevos personajes? Puede haber muchos motivos, pero me arriesgo a opinar que en realidad, lo que más duele es el ego. No ser más el público a quien las películas interpelan. Y haber dejado de ser ese público es consecuencia de algo irreversible: el paso del tiempo. Ya no tenemos diez años, y no hay manera de evitar que eso no duela. Pero nos venden nostalgia y la seguimos comprando. Es como saber que la pizzería de la esquina es horrible pero como nos deja folletitos en el pallier todo el tiempo les encargamos igual. Con la diferencia que la pizza, a menos que tengamos algún trastorno digestivo, no nos hace sufrir.

Muchas veces el refrito no es literal (cómo estuvieron las redes los últimos días con los nuevos Thundercats, eh) sino que lo que recicla es un recurso. Un espíritu, una temática, una intención. Una época: los 80. Quizás Stranger Things fue el primer punto de no retorno de este abuso de ochenticidad. Vendía nostalgia inexistente: el público al que estaba orientado la serie no era ni un feto cuando Los Goonies salieron al cine. El alerta que emitió la serie de los hermanos Duffer fue desoída y se siguió explotando el recurso. Lo paradójico es que, en su gran mayoría, estos productos fueron generados por gente que no producía en los 80, dirigidos a un público que tampoco los vivió. ¿Y qué tiene que decir sobre este abuso Steven Spielberg, el pope del cine de entretenimiento en los ‘80?Habiendo superado su propia etapa de nostalgia, manifiesta en Super8, Spielberg decide enterrar a los ´80 para siempre a través de Ready Player One. ¿Por qué enterrarlos? Porque la película basada en la novela de Ernest Cline en un cascarón hermoso, lleno de referencias y colores, pero completamente vacío de sentido y emociones. La pregunta que nos hacemos es ¿el tío Esteban perdió su magia o elige saturarnos de ochenticidad sin darnos nada a cambio con la única finalidad de sentenciar a muerte las refesThe Post es casi simultánea. La emoción que genera con un simple movimiento de cámara o un pequeño gesto de Meryl Streep o Tom Hanks descarta la primer teoría. Spielberg no perdió su toque: decide no gastarlo en Ready Player One. El vaciarse, hacer una película llena de espejitos de colores, no darnos lo que esperamos es en cierto modo cuestionarse para acabar cerrando un ciclo. Spielberg se sacrifica a si mismo para matar a los ´80.

Pero la nostalgia enterrada duró poco. Cual mano de zombie emergiendo de su tumba, asomó Cobra Kai. La serie retoma The Karate Kid desde una óptica novedosa que termina siendo terriblemente crítica con la obra original. Johnny Lawrence tiene derecho a réplica treinta años después y confirma algo que todos presentíamos pero que fieles a manchar nuestra propia nostalgia nos negábamos a aceptar: Daniel Larusso le quitó a Johnny todo lo que tenía, y nosotros fuimos cómplices de sus actos viles. Cobra Kai no glorifica los ´80, no quiere mantener su memoria intacta, no nos propone un flashback a nuestra propia libertad, sino que postula que gran parte de nuestro imaginario era falso o cuanto menos, dudoso. De pronto los ’80 ya no eran ese paraíso al que todos queremos volver: se transforman en una mentira, en una convicción equivocada, en reconocernos identificados con un héroe que en realidad era un villano.Todo esto no deriva en ningún tipo de respuesta. Obvio. Solo abre más preguntas. ¿Estamos listos para entrar en crisis? ¿Para deconstruir y cuestionar el pasado? ¿Será Cobra Kai el detonante de una nueva tendencia para repensar los ochenta o ya habrán quedado enterrados, de verdad y para siempre, por Spielberg? Komo zaber. En un par de años hablamos.

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