Realidad del pensamiento: I’m Thinking of Ending Things

“Mi historia no es como una película de terror, debo decir. No es impactante ni intensa, escalofriante o gráfica o violenta. No tiene sobresaltos. Para mí, estas cualidades no suelen dar miedo. Algo que desorienta, que perturba lo que se da por sentado, algo que perturba y quiebra la realidad, eso da miedo”. Estas palabras pertenecientes a la novela I’m Thinking of Ending Things de Iaian Reid, además de ser totalmente certeras logran funcionar como perfecta descripción de lo que logra Charlie Kaufman con su tercer film como director. La prosa intelectual de la novela de Reid encuentra en la adaptación, y la mente brillante (y peligrosa) de su director, un intercambio de ideas que reflexionan y perturban de la mejor manera. Un ejemplo más del genio genuino de Kaufman.

Un film está siempre compuesto de diversas ideas, buenas o malas, que proponen un viaje para el espectador, quien puede visualizar, pasar por alto, aceptar o rechazar sus líneas de pensamiento. En la nueva producción de la plataforma de la N roja, el viaje de una pareja es encaminado estrictamente por el uso de los diálogos que extrapolan todo el contenido reflexivo del film. Ese viaje devenido en intercambio de ideas deja en palabras de los personajes una imposibilidad de escape, para ellos y para el público, construyendo el inquietante verosímil del relato en base a la diversidad de temas que inundan la pantalla, transformando el pensar en realidad.

Si las palabras o acciones pueden ocultarse, pueden ser falsas, los pensamientos son el único reflejo de autenticidad, de realidad. El cerebro como máquina en constante movimiento se nutre y convive en una retroalimentación de sus ideas y las del cine, esa otra gran máquina de imágenes en movimiento. Es bajo este concepto que un gran pensador de la imagen como lo es Kaufman pueda atravesar el plano abstracto de la mente y volverlo una realidad concreta. De manera caótica, perturbadora y melancólica, el director crea una perpetua sensación de incomodidad que se acrecienta a medida que el viaje de Jake (Jesse Plemons) y su novia a la que llamaremos Lucy (Jessie Buckley), avanza en dirección a conocer a los padres de él, unos perturbadores Toni Collette y David Thewlis. A través de ellos se lleva el concepto de la incomodidad y el nerviosismo característico de este tipo de encuentros a un extremo nuevo nivel.

Lucy es física, poeta, gerontóloga, pinta paisajismos y es una experta en análisis cinematográfico. ¿Demasiado para ser cierto? La unión de todas esas áreas se desliza en la línea del intercambio de ideas producido entre ella y su pareja, al igual que lo hacen ellos en ese trayecto teñido por el interminable blanco de la nieve. Esa sensación de movimiento, sea de los personajes viajando en auto o el recorrido por la granja familiar en la que creció Jake, encuentra una contradictoria sensación de inmovilidad al dar cuenta del sentido humano de existencia. Para los personajes y para el público.

El film se sirve de los simbolismos visuales y verbales para crear una metáfora que describe y observa (incluso de manera literal) tanto la situación de los personajes como también al espectador que se encuentra del otro lado de la pantalla. Dándole cuenta  principalmente a Lucy, pero también a Jake y a nosotros, del lugar que se ocupa en el abismo infinito de la naturaleza humana. A través de los temores, inseguridades y reflexiones de Lucy, con todas las dudas que conlleva analizar el terminar una relación, el film deposita a través de sus ojos una sensación universal de cómo el ser humano aprecia y replantea la naturaleza de las cosas. Ese movimiento de ideas que el director pone en marcha desde el punto inicial de la historia, y con todos los intelectuales excesos que suelen habitar en su mente autoral, es lo que supone el verdadero viaje. Uno que desde su extrañeza sacude, incomoda e hipnotiza, haciendo viajar al espectador a través del tiempo, o mejor dicho, el tiempo a través del espectador.

La elección de que los personajes estén inmersos en un temporal, una ventisca que aumenta su poder invernal mientras ellos permanecen en estático movimiento (sea sentados viajando en un auto o cenando en la granja) conforma la idea simbólica del paso del tiempo. El viento y la nieve como marea inacabable, eterna, ligada al humano como ser inmóvil, destinado a envejecer y morir. Congelado en sus propias vidas. Congelado en sus propios pensamientos. Ese tono pesimista, más no menos fehaciente y  tan propio del director, construye una realidad universal en la poesía de sus imágenes.  Kaufman, quien en su experiencia personal y la de sus personajes siempre se ha sendito un marginal dentro de una industria que lo celebra e ignora a la vez, asume la responsabilidad de sus compleja narrativa  sabiendo ofrecer una completa experiencia de vida (o de muchas vidas). A través de ello, se pone detrás del volante para  dar forma a un viaje que invita a observarnos y, por esta vez, a no correr la vista de la realidad que nos devuelve la mirada.

Al igual que ocurre con los paisajes, rincones del hogar y los personajes que interactúan con Jake y Lucy, donde lo viejo y lo nuevo ocupa un mismo espacio, los planteos canalizados en la historia por Kaufman son temáticas e inquietudes que el realizador ha explorado desde los inicios de su carrera. Es así como, esas ideas ya conocidas, encuentran nuevas formas de pertenecer dentro de su obra, abordándolas con profundidad en busca de aceptación y entendimiento. Los pensamientos de Lucy a lo largo del film se debaten en tomar la decisión de ponerle un final a las cosas, a la vez que el no atreverse a ello implica prolongar indefinidamente esos sentimientos de inseguridad y culpa. El ser vivo como elemento en movimiento, viajando en la quietud, muriendo en vida, estando ausente en el presente. Kaufman entiende y analiza estos conceptos con la claridad de sus ideas y la abstracción de sus imágenes.

El viaje emprendido por Jake y Lucy logra representar el viaje interminable de muchas vidas, de las personas que puedan recorrer esas conversaciones que funcionan como pensamientos contradictorios, como un intercambio de ideas internas, e incluso de aquellas que no puedan hacerlo pero que se vean sacudidas por el impacto de sus ideas. I’m Thinking of Ending Things funciona como un extenso debate mental que opta volver realidad dichos pensamientos, sin necesidad de llamarse a silencio. Las ideas trabajadas por la pluma de Kaufman golpean contra el rostro del espectador al igual que el viento invernal sacude con escalofríos y tensión. Dentro de la infinita e inabarcable blancura de la nieve, el director logra generar preguntas y respuestas entorno a la infinidad de interrogantes de nuestro viaje de vida. En medio de la nieve nadie puede oírte gritar, pero en ella resuenan los ecos de los pensamientos.

Por Nicolás Ponisio

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