UN FINCHER DISCURSIVO (Mank,2002)

Citizen Kane es uno de los enormes clásicos responsables del cine tal como lo conocemos, y de los pocos que al día de hoy no solo se percibe sumamente moderno en su forma sino también en su discurso. Un film tan complejo, inteligente y reconocido como la figura creadora visible, Orson Welles. Ocho décadas más tarde se sigue volviendo a esta obra fundadora del cine en su máxima expresión, esta vez de la mano de otra gran mente obsesiva y brillante como la de Welles. David Fincher conforma, de momento, el último eslabón encadenado en una larga lista de nombres ligados a la génesis y la importancia aún vigente del film de 1941.Nicolas Ponisio deja de lado su botella de whisky y nos habla de Mank.

Desde el poderoso magnate de los medios William Randolph Hearst que inspiró la creación de su alter ego Kane; pasando por el ingenio narrativo de Herman Mankiewicz y la revolucionaria dirección de Welles; la aguda mirada de Jack Fincher sobre el detrás de escena, hasta llegar finalmente a su hijo David y una obra que tardó décadas en poder llevarse a cabo. Lo cierto es que, más allá de la historia y el paso del tiempo, un proyecto ligado a tal bisagra de la historia del cine no podía haber caído en mejores manos. Un cineasta prodigioso como Fincher, y con varias similitudes entre él y Welles –incluso el tener esa suerte de Citizen Kane en tiempos de la virtualidad que es The Social Network-, se presenta como el indicado para semejante tarea ligado desde lo personal y lo profesional. Pero a veces, las cosas parecen demasiado buenas para ser ciertas.

Lejos de ser una carta de amor hacia el cine de la era dorada de Hollywood, Mank- abreviatura con la cual se lo llama al guionista Mankiewicz (Gary Oldman), registra con brillante grandeza la cara más sucia de la industria. De esa época y, distancias a un lado, de la actualidad también. Al igual que el protagonista, un alcohólico desahuciado, el film se mete de lleno en el abominable mundo del sistema de estudios para, a través de su ficción, reflexionar sobre el poder de dicho medio. Es así como el último largometraje de Fincher, y el primero para el servicio de streaming de Netflix, provoca un contraste al mostrarse en apariencia como la clase de material que atrae la mirada de la Academia, para poder acercarse y arremeter contra su sistema.

El film adopta las herramientas y el valor estético del cine clásico (una fascinante fotografía monocromática y una textura de imagen y sonido gastada) que acompañando al mecanismo de relojería direccional se vuelve un deleite de perfección ante los ojos. Pero ese mismo refinamiento y maestría estética desentona ante el elemento discursivo de la historia. Si el guión de Citizen Kane jugaba de manera muy inteligente con su contenido, sabiendo transmitir de forma clara y sutil su mirada respecto al poder de los medios periodísticos, el de Mank mantiene una correlación temática pero en la cual el discurso termina estando por encima de la narración.

La historia conformada a través de un constante ida y vuelta entre el proceso creativo de la monumental ficción de Mank y el desencanto de la realidad política (por fuera y dentro de los estudios), se desenvuelve en gran parte sin mucha cohesión. Si bien cada momento está perfectamente logrado, es la disposición de ellos en conjunto lo que no termina de funcionar por completo, haciendo que ciertas piezas del rompecabezas ocupen su lugar a la fuerza. Como si de manera conciente, el director supiera que estas piezas aleatorias en conjunto hicieran visible la deformidad de ese mundo de perfección que es el cine.

La historia de Mank deposita por primera vez el foco de atención en el olvidado guionista, pero es éste quien se mueve en el relato como un propio mcguffin, como el elemento impulsor de lo que realmente se busca contar. Es por ello que por sí solo el personaje no logra destacar más allá de ser retratado con una actuación correcta, más sí lo hace a través de los breves vínculos que se establecen. Sea la relación que tiene con las distintas mujeres de su vida, su mujer Sara (Tuppence Middleton), su asistente Rita (Lily Collins) o las entrañables conversaciones que mantiene con Marion (Amanda Seyfried); como también su vínculo con los dueños de su carrera y el mundo como el ejecutivo Louis B. Mayer (Arliss Howard) o el poderoso Hearst (Charles Dance).

Todos los personajes mencionados tienen una estrecha relación con Mank, para bien o para mal, y es a través de ello que cada uno tiene su breve momento de gloria, en el caso de Seyfried incluso más de uno. Pero al mismo tiempo ninguno de ellos, ni siquiera el propio Mank, poseen verdadera relevancia más allá de servir como herramientas para exponer el punto de vista tratado. Eso mismo es lo que termina provocando cierta frialdad narrativa que acompaña al poderío estético del film pero que no lo hace destacar mucho más. El trabajo de David Fincher utiliza la ficción de los hechos para pararse de frente a una realidad que lejos está de haber quedado en el pasado, aunque en busca de ello se pierda parte del encanto. Eso, o que tal vez ya no sean tiempos para apelar a las sutilezas. Bajo estos parámetros, Mank seguramente esté muy lejos de los mejores trabajos del director, y aún así invita a ser pensada, analizada y conversada. El talento inconmensurable de este realizador es un regalo siempre digno de ser disfrutado, aunque se pueda lamentar que el envoltorio termine resultando mucho más atractivo que su ruidoso contenido.

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